“Principios Clínicos Psicoanalíticos del trabajo con niños y adolescentes”

El juego, su significado en el desarrollo emocional del niño. El uso del juego en la psicoterapia psicoanalítica con niños en las diferentes edades.

 

Jugar: Del lat. iocāri: Hacer algo con alegría y de iocus: broma. Derivan las palabras juego, juguete, juglar… Hacer algo con alegría con el fin de entretenerse, divertirse o desarrollar determinadas capacidades. Tomar parte en uno de los juegos sometidos a reglas, no para divertirse, si no por vicio o con el solo fin de ganar dinero, competir.

Usar los miembros corporales, dándoles el movimiento que les es natural. Manejar un arma. Jugar la espada, el florete.

Arriesgar, aventurar. Jugarse la vida, la carrera. Jugar sin trampas ni engaños.

Proceder en un negocio o asunto con lealtad y buena fe.

Lúdico del latin ludus: juego. Mezcla de ideas en relación a recreación, diversión y pasatiempo, Conlleva la idea de ejercicio y adiestramiento de cualquier área del aprendizaje. Designa  también la escuela elemental.

 

Tomando estas acepciones: El juego  y jugar son formas de comunicación y aprendizaje inherentes a la vida,  a su sentido y a la forma de vincularnos con el mundo. Son expresión de nuestra esencia y de lo que vamos aprehendiendo en el curso de la vida. Constituyen un recurso para expresar nuestro ser en todas sus necesidades y deseos, con el fin de hacerlos accesibles a nuestro pensar y  al pensar del otro. Su finalidad es comunicar y comunicarnos.  Evidencian que nuestro  pensamiento es capaz de crear y dejar huella en la realidad externa. Jugar precede al lenguaje verbal y lo complementa en el proceso de  alcanzar la capacidad de contener y conceptualizar los pensamientos, emociones  y sentimientos más profundos e íntimos. Es una actividad consciente, voluntaria, seria y responsable.

Jugar no es un pasatiempo para el ser humano iniciando la vida. Es su herramienta de supervivencia para transitar su crecimiento.  Así como Freud aseveró que los sueños son la vía regia para acceder al inconsciente, el juego infantil lo es para el del niño. El elemento específico del juego es la libertad de elección y la ausencia de coacción. Se define por una dinámica entre el placer  y displacer. En el juego del carretel que fue la primera observación directa de Freud del juego de un bebé, concluye que el niño estaba tramitando con sus ansiedades y la forma de contenerlas, Estaba aprendiendo que la separación no es muerte, que lo que se va o desaparece, puede volver y que el tiempo es una dimensión medida por la tolerancia a la espera.

Si no tenemos la capacidad de jugar, no existimos. El juego no acaba con el fin  de la niñez o adolescencia, crece y evoluciona en la adultez. J. Huizinga,   uno de los fundadores de la Historia Cultural Moderna, dijo: “El juego es pensar, querer, hacer y ser; el juego hace cultura, la cultura hace vida, el juego es vida y la vida es cultura”.  Piaget lo define como un vínculo con el medio que permite asimilar la realidad e incorporarla al pensar ampliando la capacidad de imaginación, creatividad y representación simbólica de la realidad. Surge espontáneamente, aparentemente sin un objetivo definido, impulsado por  la necesidad, el deseo y la fantasía asociados a él. Y es que jugar es contactar con la esencia de la vida y la vida se alimenta de verdades. Es la forma de aproximarnos a nuestras emociones más profundas y expresarlas.

Tiene un tinte mágico que hace posible toda fantasía.  Disney afirmó “Quien sueña puede”.  El juego lleva a la realidad los sueños y ensoñaciones de los niños. Se puede decir que el juego es equivalente al contenido del sueño, y podemos identificar en él lo manifiesto, lo latente, desplazamientos, condensaciones, desfiguración y  encubrimiento. Mientras más pequeño el niño más a flor de piel lo latente y mientras mayor, más lo encubierto y desfigurado.

Su origen va más allá de la existencia humana. El juego se ocupa del desarrollo. Así las diferentes especies lo utilizan durante su época infantil como instrumento para modelar y desarrollar las funciones propias que los caracterizan. Las mejor dotadas,  lo son,  porque en su desarrollo infantil juegan. El periodo del juego es proporcional a la  superioridad o inferioridad de la especie. La infancia, como fenómeno universal de las especies superiores tiene por finalidad  adiestrar y  enriquecer las funciones fisiológicas y psicológicas, a través del tiempo. La actividad lúdica humana es el origen de la humanidad como tal; y, a través del jugar se llegó al pensar.

En esencia el contenido y sentido del juego son  expresión de las  realidades internas de cada quien. En el juego se conjugan los sentimientos, pensamientos, temores y conflictos que nos acompañan desde que  afloramos a la vida. A través de él desfilan todos los extremos y matices del alma humana susceptibles de ser identificados.  El niño juega como forma de  encontrarse con sí mismo, y de contactar con el otro. Lo acompaña la emoción y el sentir del momento. Es su única vía de crecer y aprehender, utilizando  mente y cuerpo. Sus vivencias inconscientes definen la escogencia y el sentido de los  contenidos. Desde el punto de vista terapéutico es a ese aspecto del juego al que nos aproximamos.

Jugar como  actividad natural y espontánea está  estimulada por el instinto epistemofílico que nos lleva  a  explorar y descubrir. Es un ejercicio de creatividad, adiestramiento físico, adiestramiento  mental y una forma de elaborar  todo lo que pasa en nuestra mente,  ya sea a lo  bueno asociado al crecimiento en (+K y +L), ya sea a lo malo, asociado a situaciones traumáticas, ansiedades y conflictos internos que pudieran ser (–K y H), en lenguaje de Bion. El juego modela el comportamiento, y dice  Piaget que  buscar transformar la realidad acorde a las necesidades del Yo. Lo aprehendido va construyendo la mente y transformando y enriqueciendo  el pensar. A veces llega a ser una forma de evadir la realidad.

Los juguetes poseen las características, de los objetos reales o fantaseados,  pero su tamaño permite el dominio del niño sobre ellos. Son de ellos, sus posesiones, al igual que lo es su  primer objeto transicional. Desde el punto de vista emocional, al  jugar el niño desplaza al exterior su mundo interior sea lo placentero o lo difícil y doloroso. Recrea en el juego lo que su mente no puede elaborar en ese momento y lo que sus palabras aún no definen. Una forma de actuar y comunicar lo que no puede tramitar con pensamiento y palabra en ese momento evolutivo.

Desde el inicio de la vida e incluso antes de nacer el niño está activo; genera y recibe estímulos cuyos registros van diferenciando  su soma  de mente, en la que se van configurando los primeros registros que definimos como preconcepciones. El encuentro de éstas con la realidad las redimensiona y permite  su representación  acorde a ella. Lo representado en la mente permite identificar  e interactuar. En eso consiste el crecer: Observar, aprender, identificar y vincularse.

El niño en el camino al ser pasa por los procesos de integración, diferenciación, individuación y separación. Esto lo puede hacer cuando tiene la potencia propia de hacerlo y un ambiente suficientemente bueno y continente afín a sus necesidades. Para Winnicott, debe pasar de la más absoluta dependencia a la independencia. En ese interjuego con el ambiente facilitador van dándose estos procesos en los que potencial del bebé y cuido sincronizan y determinan el crecimiento. En ese transitar se van dando las formas particulares de contactar y conformar la existencia. El contacto con el pecho y el cuerpo de la madre lo cobijan, pero el rostro le devuelve su imagen, en el que por imitación comienza los primeros pininos del reconocerse y diferenciarse. Más adelante en la medida que se siente contenido y resguardado,  la noción de si mismo va fortaleciéndose, surgiendo la frustración por el reconocimiento de la separación y la noción de otro que no siempre está disponible. La frustración cuando no es muy intensa,   fructifica el pensar creativo buscando la manera con lo que se consiga a mano  de solventar la ansiedad de separación y el temor de estar a merced de otro que puede a veces  no estar.

Se va percatando de que él tiene un espacio en el que puede dar vida a su ser, que es lo que llama Winnicott el espacio transicional, que él explora  gracias a su curiosidad y su motricidad, poniendo en movimiento su cuerpo y su mente. Recrea su fantasía en interacción con la realidad. Descubre el mundo externo  y sus recursos, así como su mundo interno  y sus propios recursos internos. Se percata de lo que él puede alcanzar y de lo que lo limita. Necesita tener el mundo a su alcance.  Se vuelve el arquitecto de su vida y El  juego es su maqueta proporcional a su tamaño y a lo que puede identificar y controlar como su territorio; donde va dando vida con los recursos de la realidad a lo que ama, sueña, imagina, teme u odia. Es su forma de catarsis, de aprender, de comunicar, de interactuar,  de crecer, de vincularse afectivamente y por sobre todo de descubrir quién es y qué lugar ocupa en el espacio en el que se desenvuelve. Se prepara en esa “aula” para explorar  escenarios y espacios cada vez más amplios y complejos, tanto  como la vida le permita.

La ansiedad de separación y el espacio de separación lo confrontan con  sus ansiedades primitivas, que necesita aliviar por sí mismo y es así que “crea” un objeto que lo alivia de las ansiedades extremas cuando percibe su separación. Este primer objeto al que Winnicott llama objeto transicional es la primera posesión del niño. Surge del descubrimiento de sus propios recursos para sobrevivir cuando el otro está fuera de su alcance; es decir, tramitar con la separación. Este objeto transicional sería el precursor de otras posesiones: los juguetes con los que el niño despliega su actividad lúdica,  tramitando con sus ansiedades y temores; además de  aprender, consolidar lo aprehendido, crecer y ampliar sus ámbitos  existenciales. En ese contexto y como seres pensantes que somos jugamos  el juego de la vida con los recursos a nuestro alcance poniendo en ello  todo lo que emocionalmente somos y sentimos.

La risa social, palmaditas, laleos, manipular sonajeros, observar móviles, generar  actividades en esas pantallas llamadas play activity lo van familiarizando con lo que él es capaz de hacer y lograr al contacto con  objetos que no son ni su propio cuerpo, ni el de la madre como extensión de él. Es decir lo que puede hacer por sí mismo.

El juego de esconderse y aparecer, el descubrimiento de su imagen en un espejo, el lanzar objetos y encontrarlos como en la clásica observación de Freud, lo ayudan a tramitar las primeras ansiedades de separación. En un principio es la perentoria necesidad de tinte  mágico, de que él domina el mundo que le rodea y que él tiene la facultad omnipotente de  ida y retorno,  de que desaparecer no necesariamente es definitivo, que se puede retornar. Así alimenta su fe y confianza. Es su forma de adaptarse a los vaivenes de las circunstancias y de ir tramitando con sus duelos y pérdidas. En su mente se va elaborando y ampliando la noción de espacio y posiblemente las primeras nociones de tiempo, que surgen con esta capacidad para la espera.

Dice A. Aberastury que el niño no solo ama, necesita y quiere conservar a sus padres y hermanos, sino que también los rechaza. Deriva estos afectos y conflictos a objetos que son su reemplazo y que él puede dominar, dañar, manipular, perder y recuperar.

En relación a la Técnica, así como Freud nos dejó la  asociación libre y los sueños para acceder a lo inconsciente. En el trabajo con niños, cuyo inconsciente está más a flor de piel, con una limitante en el uso del lenguaje; lo lúdico del niño se convierte en instrumento y vía de comunicación.  Así encuentra   M. Klein la manera de  aproximarse a la psique del niño desde su propio mundo  con sus inclinaciones, actividades y  juguetes. Se ubica en ese espacio transicional del juego para  descubrir y abordar su sentir y pensar. Jugar es  la vía y el lenguaje para  acceder a lo inconsciente en la transferencia, repitiendo emociones y conflictos anteriores asociados a sus objetos originales.

Su  aproximación a los  niños fue progresiva, primero orientando a las madres de cómo interactuar con los hijos, pero  pronto se percató que muchas veces  las raíces  de los síntomas  estaban en lo profundo de la mente del niño. Al primero lo atiende en su hogar y con sus propios juguetes, observando como a través del juego  desplegaba  fantasías, ansiedades y defensas; y que con  las interpretaciones fluían nuevos contenidos.

La experiencia la llevó a la convicción de que el tratamiento de los niños en sus casas no era apropiado  ya que las resistencias e  interferencias eran muy intensas. Concluyó que era  mejor en un  lugar neutral y utilizó  en un primer momento los juguetes de sus  hijos, que eran los que tenía a mano. Observó que de los que tenía (carros, pequeñas figuras, algunos bloques, pequeñas figuras y un tren) los niños se interesaban en los juguetes pequeños y que estos permitían expresar   diversas fantasías y experiencias, personificar objetos internos y afectos diferentes.   A veces los niños juegan con agua,  cosen, atan, desatan, dibujan, escriben, pintan, pegan, cortan, reparan,  etc. Otras asignan roles al analista y a sí mismo, el juego de la tienda, del doctor, de la escuela, de la mamá y el hijo, el escondite, etc.

En sesión, a veces descargan su agresividad y resentimiento directa o indirectamente; rompiendo un juguete,  ensuciando,  etc. Lo esencial es comprender el sentido de la actuación y señalarlo. Afloran   sentimientos de culpa  cuando han dañado  algún juguete, tanto  por el daño real como  por lo que representa en su inconsciente.  No permitir bajo ningún concepto  el ataque al terapeuta, es una forma de protegerse y proteger al niño de los sentimientos de culpa excesivos hacia el terapeuta. No mostrar desaprobación si el niño rompe un juguete y tampoco sugerirle que puede ser reparado.  Permitir que experimente sus emociones y fantasías tal como ellas aparecen para  comprenderlas e interpretarlas.

No todos los acontecimientos reales de su vida  logran entrar en el juego o en sus asociaciones, y se centra en otros aparentemente menores. Todo contenido tiene su tempo y los niños comprenden más de lo que uno cree.

En la práctica no siempre los niños vienen a psicoanálisis. Winnicott decía que atender un niño no siempre conducía a un trabajo analítico como tal. Aseveró que en su práctica  la proporción de niños que se beneficiaban  en terapias  breves y trabajo con los padres era mayoría y que el porcentaje que iba a análisis era extremadamente pequeño. Lo que hace la diferencia diagnóstica y la elección  del abordaje, es la observación y comprensión de los procesos mentales de cada niño en particular y de su contexto familiar. El trabajo con la familia es un aspecto central en el trabajo con niños y adolescentes.

Asociación Venezolana de Psicoanálisis (ASOVEP)

Emelin Mujalli de Sivira. Psicoanalista Titular. Miembro del Departamento de Niños y Adolescentes (DNA)